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Cuando la medicina viaja: Yagé, reciprocidad y revitalización de los territorios de origen

hace 6 días
6 min de lectura

La expansión mundial de las medicinas ancestrales nos invita a preguntarnos no solo qué recibimos de ellas, sino también cómo respondemos a los pueblos y territorios que las han protegido.



En las últimas décadas, el Yagé —también conocido internacionalmente como Ayahuasca— ha viajado mucho más allá de sus territorios de origen.


Hoy participa en conversaciones sobre salud mental, espiritualidad, conciencia, trauma, investigación científica y nuevas formas de comprender la relación entre los seres humanos y el mundo vivo. Personas de muchos países viajan a la Amazonía para encontrarse con esta medicina, mientras ceremonias, investigaciones y espacios terapéuticos relacionados con ella continúan multiplicándose a nivel internacional.


Este movimiento ha permitido que muchas personas conozcan una medicina que, durante generaciones, ha sido cuidada por pueblos indígenas de la Amazonía.

Pero su expansión también plantea una pregunta fundamental:


Mientras la medicina viaja por el mundo, ¿qué regresa a los territorios que la han protegido?


Una medicina no existe separada de su territorio


Desde muchas perspectivas indígenas, una planta medicinal no puede comprenderse únicamente por sus componentes químicos ni por los efectos que produce en una persona.

Existe dentro de una red de relaciones.


Está el bosque donde crece. El agua que sostiene ese bosque. Las personas que saben cuándo sembrarla y cosecharla. Las lenguas que contienen sus nombres, historias y enseñanzas. Los mayores que han dedicado su vida a aprender. Las familias que transmiten esos conocimientos. Los cantos, ceremonias, prácticas agrícolas y relaciones espirituales que les dan sentido.


Por eso, cuando el Yagé sale de la Amazonía, no viaja simplemente una sustancia.

Viaja también una historia. Viaja un conocimiento. Viaja una relación con el territorio.

Y, de alguna manera, viaja una parte de los pueblos que han mantenido viva esa relación.


La paradoja de una medicina global


Existe una contradicción que debemos atrevernos a mirar.


Mientras aumenta a nivel internacional el interés por las medicinas indígenas, muchas de las comunidades de las que provienen estos conocimientos enfrentan profundas presiones sobre sus territorios, sus lenguas y sus formas tradicionales de vida.


Los jóvenes necesitan oportunidades para permanecer y construir una vida digna en sus comunidades. Los mayores que conservan conocimientos fundamentales necesitan condiciones para transmitirlos. Las lenguas indígenas requieren espacios vivos donde puedan seguir hablándose. Los bosques, las aguas, las semillas y las plantas medicinales necesitan protección y restauración.


Por eso, preservar una tradición medicinal no consiste solo en preservar una ceremonia.


Significa preservar las condiciones que hacen posible que ese conocimiento continúe existiendo.


Una lengua viva.

Un territorio vivo.

Un bosque vivo.

Mayores que puedan enseñar.

Jóvenes que encuentren razones y oportunidades para permanecer.

Familias con medios de vida dignos.

Y comunidades con capacidad para decidir cómo compartir sus conocimientos con el mundo.


De la gratitud a la reciprocidad


Con frecuencia escuchamos expresiones de profundo agradecimiento después de una experiencia con Yagé: esta medicina cambió mi vida; me permitió recordar lo esencial; transformó mi relación conmigo mismo, con los demás o con la naturaleza.

Ese agradecimiento tiene valor.


Pero quizás este momento histórico nos invite a dar un paso más.


¿Cómo puede la gratitud convertirse en reciprocidad?


La reciprocidad no debería entenderse únicamente como una donación ocasional. Puede convertirse en una relación sostenida entre quienes reciben beneficios de estos conocimientos y quienes continúan protegiéndolos.


Puede significar apoyar escuelas de lengua indígena.

Restaurar el bosque nativo y las fuentes de agua.

Fortalecer los viveros de plantas medicinales y de especies propias del territorio.

Crear oportunidades económicas dignas para las familias y los productores indígenas.

Apoyar a mayores y sabedores para que puedan transmitir sus conocimientos.

Fortalecer a las organizaciones indígenas para que puedan investigar, documentar, educar y proteger su propio patrimonio desde sus prioridades.

Y puede significar algo todavía más profundo: reconocer que las comunidades indígenas no deben aparecer únicamente como fuentes de conocimiento, sino como socias, autoridades y protagonistas de las conversaciones internacionales que se construyen en torno a sus medicinas.


Justicia restaurativa y justicia biocultural


Desde OIOC creemos que esta conversación también puede entenderse como una forma de justicia restaurativa.


No se trata de asignar culpa individual a quienes hoy se acercan a estas medicinas. Se trata de reconocer una historia más amplia y de preguntarnos qué relaciones podemos construir de manera diferente en el futuro.


Durante siglos, los pueblos indígenas han experimentado despojo territorial, discriminación de sus lenguas y conocimientos, persecución de sus prácticas espirituales y transformaciones profundas de sus sistemas económicos y culturales.


Hoy ocurre algo extraordinario: conocimientos que durante mucho tiempo fueron marginados comienzan a ser buscados por universidades, investigadores, profesionales de la salud y personas de todo el mundo.


Ese reconocimiento abre una posibilidad.


Podemos repetir modelos extractivos, en los que el conocimiento sale del territorio, mientras los beneficios económicos, académicos y profesionales se concentran en otros lugares.

O podemos construir nuevos modelos de reciprocidad.


Modelos en los que una parte del valor generado por estas medicinas contribuya directamente a la continuidad de los pueblos, culturas y ecosistemas que las han protegido.



Medios de vida también son conservación


La conservación no puede separarse de las personas.


Cuando hablamos de proteger la Amazonía, muchas veces pensamos en hectáreas de bosque, árboles o biodiversidad. Todo ello es fundamental. Pero un territorio culturalmente vivo también necesita comunidades capaces de vivir dignamente en él.


Crear medios de vida sostenibles puede permitir que una familia continúe cultivando su chagra. Que un artesano pueda seguir transmitiendo conocimientos heredados. Que un joven no tenga que abandonar necesariamente su territorio para encontrar oportunidades. Que una mujer pueda transmitir su conocimiento mientras recibe reconocimiento económico por su trabajo. Que los productos creados en las comunidades puedan acceder a mercados bajo condiciones justas.


La revitalización cultural y la economía requieren árboles, pero también personas que puedan proveerlos. La comunidad y la restauración ecológica pueden formar parte del mismo proceso.


La protección del territorio necesita árboles, pero también necesita personas que tengan la posibilidad de seguir cuidándolos.



Revitalizar comunidad es restaurar relaciones


Para nosotros, restaurar significa mucho más que plantar nuevamente un bosque.

También significa restaurar relaciones.

Entre jóvenes y mayores.

Entre lengua y territorio.

Entre plantas y conocimiento.

Entre economía y cultura.

Entre quienes reciben una medicina y quienes la han cuidado.

Entre la ciencia contemporánea y los sistemas indígenas de conocimiento.

Entre el mundo internacional que hoy busca estas medicinas y las comunidades que continúan sosteniendo sus raíces.


Por eso, en el territorio Kamëntsá del Valle de Sibundoy, OIOC trabaja conectando diferentes procesos que, en realidad, forman parte de una misma visión: revitalización de la lengua y la transmisión cultural, restauración biocultural, protección de plantas y bosques nativos, educación, fortalecimiento comunitario y creación de relaciones de reciprocidad.


No vemos estos procesos como proyectos aislados.


Son diferentes expresiones de una misma pregunta:

¿Cómo aseguramos que las próximas generaciones puedan recibir un territorio, una lengua y un conocimiento vivos?


Cuando el Yagé viaja, también puede llevar un mensaje


Quizás uno de los regalos más profundos del Yagé no sea solo lo que ocurre durante una ceremonia.

Quizás sea lo que hagamos después.

Si esta medicina ayuda a millones de personas a reconocer que la vida está interconectada, entonces esa conciencia también puede manifestarse en nuestras decisiones.

Quien recibe algo de una tradición puede preguntarse cómo devolverlo.

Quien investiga puede preguntarse quién participa de los beneficios del conocimiento producido.

Quien construye una organización o empresa en torno a estas medicinas puede preguntarse qué relación mantiene con sus territorios de origen.

Quien participa en una ceremonia puede preguntarse qué pueblos, bosques, lenguas y generaciones hicieron posible que esa medicina llegara hasta sus manos.

Y quienes pertenecemos a estos territorios también debemos continuar construyendo mecanismos transparentes y comunitarios para que esa reciprocidad fortalezca verdaderamente las prioridades de nuestros pueblos.



La medicina puede viajar. La reciprocidad también.


El crecimiento mundial del interés por el Yagé/Ayahuasca puede convertirse en algo más que una expansión internacional de una medicina ancestral.


Puede convertirse en una oportunidad para construir una relación diferente entre el mundo y los pueblos indígenas.


Una relación en la que recibir implique también cuidar.

Donde aprender implique respetar.

Donde investigar implique escuchar.

Donde beneficiarse implique compartir.

Y donde la expansión de una medicina contribuya también a la revitalización de las lenguas, los bosques, las comunidades y los territorios que hicieron posible su existencia.


Si el Yagé está viajando por el mundo llevando un mensaje de interconexión, quizás una de las formas más profundas de escuchar ese mensaje sea recordar el camino de regreso a sus raíces.


OIOC

Territorio Kamëntsá · Valle de Sibundoy, Putumayo, Colombia

 
 
 

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